18 de febrero de 2017

Espectros en Jauja

Tarareo “Un caballo llamado muerte” mientras regreso a casa. Ocupo una de las plazas del costado diestro de un 17, junto a una de las ventanillas. Al otro lado del cristal, los árboles de la Cuña Verde de Latina.

Corría el año 1979 cuando Miguel Ríos publicó la canción, que se haría más conocida gracias a Rock & Ríos. Pienso, entonces, que la droga estaba mitificada a finales de los setenta; por lo que canciones como la de Ríos eran más que necesarias. Sin embargo, se puede asegurar que en los noventa había suficiente información como para saber que la adicción era una decisión personal muy peligrosa.

El 17 se acerca a las instalaciones del Centro Deportivo Municipal Gallur. Mi memoria me trae, entonces, imágenes de mediados de los noventa. Imágenes de una tarde fría y brumosa. Volvía de El Rastro embebido en mis pensamientos. A la derecha, al otro lado del cristal, hoyos u hondonadas con hogueras de las que se alzaban figuras pálidas, demacradas, desgarbadas, jinetes del jaco. Un poco más allá, antes de llegar a los primeros edificios de la Vía Carpetana, otros espectros o zombis se acercaban a las chabolas del poblado de Jauja en busca de una chuta.

El autobús dejó atrás la parada de los monstruos, pero un estremecimiento atroz me decía que, en cierto modo, el regreso al refugio del hogar era ilusorio, pues no se está completamente a salvo del dolor o la locura de los otros. Además, la aflicción o la insania pueden rozarnos o tocarnos de lleno en cualquier momento.

Bajo en la parada cercana a Marcelino Castillo. Me gusta atravesar la plazoleta en que se yergue el ascensor del metro, escenario de algunas de mis historias. Las fotinias no han cambiado de color, pero oigo las voces arrasadas de los yonquis que entretienen su pasar charlando y consumiendo cerveza barata. Me pregunto si alguno es un superviviente de la cuerda de fantasmas de Jauja.

Estoy ya en casa, pero el torbellino del tiempo me quita las ganas de comer.

12 de febrero de 2017

Regresión

Cuando uno se pone a recordar, el caprichoso juego de la memoria empuja a veces a buscar un lugar sin lugar que no sea un hueco o un vacío ni, tampoco, una fotografía móvil en que los colores luzcan más o menos vivos de lo que fueron.

Entonces, en un recoveco, es un decir, puede toparse uno con la nostalgia de lo que no fue consciente y de cuya existencia, por tanto, puede dudarse o, cuando menos, anotarse en la cuenta de la ficción.

Con estas premisas, digo que he sentido o he soñado con el calor que me llegaba por el cordón umbilical. El espacio que no ocupaba mi feto, alumbra para que vea mejor, permitía apreciar la sonrisa, leve como ala de pajarillo, de la criatura que sería, más adelante, arrojada al mundo.