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27 de mayo de 2017

Luciérnagas


La última vez que vi luciérnagas fue en unas maniobras en las que tuve que participar por estar obligado a servir a la patria durante poco más de un año de servicios inútiles, salvo para quien tenga especial predilección por las armas, los uniformes y la disciplina, atracción por las situaciones absurdas o vocación de observar con paciencia, y hasta con curiosidad e interés, la variopinta diversidad de lo humano, que, si hemos de creer o seguir a Terencio, no puede sernos ajeno, aunque lo anejo o lo no ajeno sea inane o un callejón sin salida.


Aquellos gusanos de luz me arrancaron por un momento de botas y cetmes, del pasajero estado de enajenación y cachondeo que procuraba la ingesta de cerveza caducada y, en fin, de la estupidez de un sargento que creía emular a Rambo, el mismo que delegaba en Bermu, un soldado, servidor voluntario, la práctica de la correcta realización de un barrigazo o cuerpo a tierra. Y me transportaron a los paraísos de la infancia, de vuelta alegre a la casa de mis abuelos desde el coto o la presa del vadillo, siempre por la izquierda, junto a la acequia donde cabeceaban, al compás de la brisa, las umbelas de los nabos del diablo que festoneaban el recorrido y endulzaban con su olor el regreso. Alrededor, la danza luminosa de los coleópteros.

La primera vez que vi asaetear el aire por luciérnagas de plástico fue en la Place de la Comédie de Montpellier. Pero a la capital occitana no acudieron entonces ni el aroma ni los destellos perdidos, como no acuden tampoco a la Plaza Mayor de Madrid cuando los bichos de polímero golpean fatalmente los adoquines.

No sé si volveremos a Montpellier, pero es posible que esta noche atravesemos la Plaza Mayor haciéndole una higa, quizá, a Felipe III, camino, tal vez, de esa crepería que trae a la memoria de nuestro paladar la sidra y las creps montpellerinas o las de Bretaña o Normandía. Puede que, entonces, al ver la caída de uno de esos remedos de insecto, sienta la caída del tiempo y apriete un poco más tu mano y trate de refugiarme en la luz de tus ojos.

11 de mayo de 2017

La Revolución Francesa, los liberales y un libro de Francisco Casavella



En Lo que sé de los vampiros, Francisco Casavella introduce a Martín de Viloalle, el protagonista, en el ambiente de la Revolución Francesa. Viloalle conoce a Baptiste Rivette, periodista al servicio del conde de Mirabeau. Una de las páginas memorables de la novela atribuye a Rivette las siguientes palabras:

      He aquí los pasos necesarios de la degradación:
    Al tono de fineza que compromete sucede el tono de fineza que se recata. Y esta cede sitio al halago que inciensa, a la duplicidad que miente con impudicia, a la rusticidad desmandada que insulta sin disimulo o a la oscuridad circunspecta que vela la indignación.

Salgo de mi oscura circunspección para imaginar a Rivette escribiendo lo que antecede en, por ejemplo, la tribuna del palacio de la Carrera de San Jerónimo durante una sesión de control al Gobierno.

Mirabeau osó escribir algo que sería políticamente incorrecto en esta nuestra España borbónica, a saber: “El rey es un asalariado, y el que paga tiene el derecho de despedir al que es pagado”. Eran otros tiempos. Aunque parece que el conde jugaba a dos o tres bandas, como los que ahora se dicen liberales a ambos lados de los Pirineos, pues sacrifican, soslayan o limitan con bastante facilidad, y hasta regocijo, las libertades si afectan al “laissez faire” y a la propiedad privada, aun cuando esta se haya conseguido a tuerto; pues defienden, generalmente, solo la igualdad de los que consideran sus iguales; pues, en fin, fuera de misa oponen fronteras a la fraternidad.