25 de marzo de 2017

Camilas y flores

La primera vez que estuvimos juntos en París, ¿recuerdas?, me empeñé en mostrarte Camille sur son lit de mort de Claude Monet. Sin embargo, ya fuera porque el Museo de Orsay estaba lleno de gente y era difícil recorrer con comodidad las salas, ya fuese porque el cuadro estuviese en otro lugar, no pudimos encontrarlo. Para el recuerdo queda la torpeza de la chica que formaba parte del personal del museo a la cual preguntamos por la tela y nos invitó a comprar un catálogo.

El cuadro de Monet me impresionó sobremanera la primera vez que lo vi. Reproducir las sensaciones de entonces me resulta casi imposible, pero recuerdo que estuve, más que parado, paralizado durante varios minutos delante del óleo. Paralizado y estremecido. 

En otra ocasión, en otro viaje, la imagen de la mujer de Monet muerta, flor de sudario,  se me enredó con unos versos de Almas de violeta de Juan Ramón Jiménez:

Aquellas pupilas que lloraban muertas,
aquella carita fría y azulada,
¡aquella sonrisa de inmensa amargura
entre los azahares de la caja blanca...!


Y ya fue inevitable que, desde un rincón del cerebro, acudiera otra Camila para que el azar jugase el trampantojo de las casualidades. Camille es el nombre que recibe Margarita Gautier, el personaje de La dama de las camelias del segundo Alejandro Dumas, en varias adaptaciones cinematógraficas, como la filmada por George Cukor. Tú me dirías, además, que en La traviata Margarita es Violeta.

Cuando estuvimos juntos en Tossa de Mar y acudimos al restaurante Bahía, Camila, la que fuera su reputada cocinera, ya no vivía. Tuviste que conformarte con lo que el paladar y los ojos de mi memoria fueron capaces de evocar: el soberbio y sabroso pollo payés con salchichas y setas que comí en mi primer viaje a Tossa, pero, sobre todo, la imagen de Camila apoyada en la entrada de la cocina. Camila, vestida con una falda negra corta y una camiseta de rayas blancas y azules, fumaba con el aire displicente de una cocotte. En medio del peinado de fleco y ala de cuervo, el rostro profusamente maquillado y el intenso rouge que contrastaba con el negro de la gargantilla y el blanco de la flor de tela que la remataba.

Y así, ya ves, se ha llenado de flores y Camilas esta casa.

8 de marzo de 2017

Teletransportador

Explicándoles a los chicos qué era el hastío para los románticos o los modernistas, he pensado que en el viaje de la vida hay muchos puntos muertos, largas esperas en salas de aeropuertos que deslucen o avinagran la sorpresa de llegar a destino. Entonces, el viaje se convierte en un simple, o no tan simple, desplazamiento por el espacio y todo trayecto, por corto que sea, en una vuelta interminable por algún círculo infernal.

Después de tomar un café, hablo con un compañero de la urgencia de inventar un teletransportador para no permanecer más de lo necesario, entre otras cosas, en el giro abismal de una bofetada extenuante de tedio sin ver la hora de llegar a un refugio. Discutimos acerca de cuál podría ser la primera referencia fílmica al necesario aparato. Nuestra memoria nos arrastra a la infancia: a la serie Star Trek, por supuesto; pero, antes, a La mosca de Kurt Neumann. Oigo los gritos de ayuda del protagonista atrapado en la tela de araña ante el pasmo horrorizado de Vincent Price y Herbert Marshall.

También lo hemos hablado tú y yo en varias ocasiones. Un teletransportador como Dios manda, por favor, que encamine mis cuantos al seguro de tus brazos y tu mirada, a esa página o esa melodía que eriza los pelos, a...